Las manos se veían suaves, pero coronaba su muñeca izquierda un reloj de hombre de 45 milímetros de diámetro, de acero pulido, como esos que usan los polistas. Pero del Once. La otra muñeca tenía una pulsera de oro de tres colores, también de hombre. Quizás un recuerdo de un padre muerto.
Qué mal que obligan a vestir a las gorditas en las oficinas. Blusita blanca de algodón, pantalón de vestir negro con demasiado poliéster en sus fibras, que se nota por lo estirado y lo brillante, producto de las últimas vacaciones y de su torpeza con la plancha, respectivamente.
Medio corpulenta, sin ser alta. Tampoco tenía la cintura de una boya, sino cintura ancha y carnes blandas y un pantalón berreta que le jugaba en contra.
Tenía, eso sí, los ojos más lindos del subte, pero en su cara - que no era nada fea - me esperaba la expresión menos sexy de la ciudad.
Y leía La historia de la sexualidad de Michel Foucault, tomo 3. La inquietud de sí.
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