“Hay un color que no me ha sido nunca infiel, que me ha
acompañado siempre, es el color amarillo. De chico yo me demoraba en una jaula
del Jardín Zoológico de Palermo, que era la jaula del tigre, de lo hostil, y
del leopardo”. JLB
El secreto lo guarda el amarillo. Porque los otros dos están ahí, esperando
que aparezca el amarillo cada mañana y los recorra, perezoso, por las lomas de
los barrios, calle arriba y calle abajo como el primer servicio del colectivo
Capital del Monte. Por ese nombre se la conoce a Oberá, la segunda ciudad de la
provincia de Misiones, apenas un pueblo muy grande con cien mil habitantes y un
obispo, que crece de a poco en el centro de una provincia rodeada de ríos y
cubierta por pájaros.
El amarillo fosforece apenas un rato, en la bruma de la noche que
resiste la mañana en el seno de las lomas. Cuando el sol pega en ángulo
desaparece, y entonces quedan brillantes el verde y el rojo de la tierra, que
se pega como un chicle a todo lo que pasa por estas tierras.
Todavía es invierno y los obereños salen a sus días en remera o camisa,
apenas un saquito las viejas. (¿Tendrán camperas?) Saben que al volver, a la
hora del almuerzo y la siesta, el verde de las plantas y el rojo de las calles
van a estar fuertes por el calor del mediodía, que obliga a todo el mundo,
desde el más pobre hasta el intendente, a buscar la sombra y el tereré como se
buscan el perdón y los pecados, so pena de quedarse en mitad de una subida,
seco como yerba, al sol.
Porque además de los colores, las calles de Oberá son disputadas por las reglas de la física,
aunque ningún político haya pensado todavía bautizar Isaac Newton a una
plazoleta, una rotonda o una palmera, a falta de manzanos en la zona. No hay
ciencia que valga cuando se tienen que caminar diez cuadras en subida para
llegar hasta la Iglesia de San Antonio, de donde salen todas las indicaciones
para todos los caminos, a pesar de no ser el único templo erigido en tierra
roja. En el partido de Oberá existen más de 70 iglesias, registradas en la
secretaría de culto que tiene tanto trabajo como otra en Budapest o en Londres.
Es que la Capital del Monte prestó sus lotes verdes y su tierra roja a los
colonos de todo el mundo que fueron llegando desde casi todos los rincones para
encontrar paz y trabajo, que ya es bastante. Cada uno trajo su fe, y los
desacuerdos originales entre credos similares persistieron en estas tierras
lejanas, donde todos encontraron roca donde fundar su iglesia.
Y un día se encontraron transpirando bajo el mismo sol, aprendiendo el
monte y palabras en guaraní, franceses y alemanes, checos y eslovacos, serbios
y croatas, españoles, portugueses, italianos, polacos, rusos y ucranianos,
entre tantos. Tampoco quedaron fuera de la ronda los que, a un tiro de piedra,
cruzaron el río desde Brasil y Paraguay. Si hasta tuvieron su mate de bambú un
montón de japoneses sin cámaras de fotos a los que se sumaron, en los últimos
años, un montón de chinos con supermercados.
A pesar de este enorme rejunte de colonos y a la sobrepoblación de
templos, hasta ahora no hubo gresca de proporciones, y entre las colectividades
más numerosas y organizadas hasta hubo acuerdo, muchos años atrás, para fundar
una federación de colectividades.
Por tener tantos habitantes de orígenes tan diversos, Oberá es conocida
también como la ciudad de la paz, entendiendo que los eventuales conflictos se
deben al límite de una medianera y no a las fronteras de Alsacia y Lorena. Por
eso hace poco menos de cuatro décadas, como hicieron otros pueblos de
Argentina, Oberá se metió en el baile de organizar otro, y empezó a celebrar
todos los años la Fiesta Nacional del Inmigrante.
La fiesta, que acaba de cerrar su 32da edición no escasea en ironías: hace
algunos años que participa de la misma el pueblo guaraní mbyá, que en términos
históricos y geográficos es el menos inmigrante de todos, con más de
seiscientos años de presencia comprobada en esas tierras.
Para festejar la diversidad, la
federación de colectividades dispone de un óptimo predio cercado y un dentro
del mismo, un enorme escenario techado que son sede de un puñado de eventos
entre una fiesta y otra. El Parque de las Naciones esconde, también, las casas
típicas de las 14 colectividades que actualmente conforman la federación: caserones
de material y madera levantados con esmero y buen gusto, con estilos típicos de
lugares lejanos. Un chalet alpino rodeado de palmeras, por ejemplo, al que se
puede asomar el apetito para encontrarlo relleno de tortas típicas de Suiza,
Austria o Baviera. Lo más fantástico es que apenas una docena de pasos separan
un plato de mandioca y caburé de uno de knackwurst con sauerkraut y ensalada de
papas y pepino; o una tortilla española de un juego de piezas de sushi.
El rojo, el verde, llenan los
ojos, al extremo de que la bandera de Oberá tiene esos colores: fue por
comodidad, porque si fuera blanca lo mismo estaría teñida de rojo. Todo se tiñe
de rojo y a todo le crece, con los años, un verde, como a los edificios de
ladrillo que llevan años sin ser barnizados. Hasta los cachetes de las pibas
que vuelven del colegio se enrojan al sol. Pero como la bruma de la mañana, la
melena de muchas obereñas resiste amarilla como el oro, ese de los tigres que
ya no hay en el monte, entre un río y el otro. Ese amarillo misterioso que
resiste en la noche y el pelo de esas gringas preciosas, y que espero descifrar algún día.

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