viernes 16 de septiembre de 2011

El oro de las gringas


“Hay un color que no me ha sido nunca infiel, que me ha acompañado siempre, es el color amarillo. De chico yo me demoraba en una jaula del Jardín Zoológico de Palermo, que era la jaula del tigre, de lo hostil, y del leopardo”. JLB



El secreto lo guarda el amarillo. Porque los otros dos están ahí, esperando que aparezca el amarillo cada mañana y los recorra, perezoso, por las lomas de los barrios, calle arriba y calle abajo como el primer servicio del colectivo Capital del Monte. Por ese nombre se la conoce a Oberá, la segunda ciudad de la provincia de Misiones, apenas un pueblo muy grande con cien mil habitantes y un obispo, que crece de a poco en el centro de una provincia rodeada de ríos y cubierta por pájaros.
El amarillo fosforece apenas un rato, en la bruma de la noche que resiste la mañana en el seno de las lomas. Cuando el sol pega en ángulo desaparece, y entonces quedan brillantes el verde y el rojo de la tierra, que se pega como un chicle a todo lo que pasa por estas tierras.
Todavía es invierno y los obereños salen a sus días en remera o camisa, apenas un saquito las viejas. (¿Tendrán camperas?) Saben que al volver, a la hora del almuerzo y la siesta, el verde de las plantas y el rojo de las calles van a estar fuertes por el calor del mediodía, que obliga a todo el mundo, desde el más pobre hasta el intendente, a buscar la sombra y el tereré como se buscan el perdón y los pecados, so pena de quedarse en mitad de una subida, seco como yerba, al sol.
Porque además de los colores, las calles de Oberá  son disputadas por las reglas de la física, aunque ningún político haya pensado todavía bautizar Isaac Newton a una plazoleta, una rotonda o una palmera, a falta de manzanos en la zona. No hay ciencia que valga cuando se tienen que caminar diez cuadras en subida para llegar hasta la Iglesia de San Antonio, de donde salen todas las indicaciones para todos los caminos, a pesar de no ser el único templo erigido en tierra roja. En el partido de Oberá existen más de 70 iglesias, registradas en la secretaría de culto que tiene tanto trabajo como otra en Budapest o en Londres. Es que la Capital del Monte prestó sus lotes verdes y su tierra roja a los colonos de todo el mundo que fueron llegando desde casi todos los rincones para encontrar paz y trabajo, que ya es bastante. Cada uno trajo su fe, y los desacuerdos originales entre credos similares persistieron en estas tierras lejanas, donde todos encontraron roca donde fundar su iglesia.
Y un día se encontraron transpirando bajo el mismo sol, aprendiendo el monte y palabras en guaraní, franceses y alemanes, checos y eslovacos, serbios y croatas, españoles, portugueses, italianos, polacos, rusos y ucranianos, entre tantos. Tampoco quedaron fuera de la ronda los que, a un tiro de piedra, cruzaron el río desde Brasil y Paraguay. Si hasta tuvieron su mate de bambú un montón de japoneses sin cámaras de fotos a los que se sumaron, en los últimos años, un montón de chinos con supermercados.
A pesar de este enorme rejunte de colonos y a la sobrepoblación de templos, hasta ahora no hubo gresca de proporciones, y entre las colectividades más numerosas y organizadas hasta hubo acuerdo, muchos años atrás, para fundar una federación de colectividades.
Por tener tantos habitantes de orígenes tan diversos, Oberá es conocida también como la ciudad de la paz, entendiendo que los eventuales conflictos se deben al límite de una medianera y no a las fronteras de Alsacia y Lorena. Por eso hace poco menos de cuatro décadas, como hicieron otros pueblos de Argentina, Oberá se metió en el baile de organizar otro, y empezó a celebrar todos los años la Fiesta Nacional del Inmigrante.
La fiesta, que acaba de cerrar su 32da edición no escasea en ironías: hace algunos años que participa de la misma el pueblo guaraní mbyá, que en términos históricos y geográficos es el menos inmigrante de todos, con más de seiscientos años de presencia comprobada en esas tierras.
Para festejar la diversidad, la federación de colectividades dispone de un óptimo predio cercado y un dentro del mismo, un enorme escenario techado que son sede de un puñado de eventos entre una fiesta y otra. El Parque de las Naciones esconde, también, las casas típicas de las 14 colectividades que actualmente conforman la federación: caserones de material y madera levantados con esmero y buen gusto, con estilos típicos de lugares lejanos. Un chalet alpino rodeado de palmeras, por ejemplo, al que se puede asomar el apetito para encontrarlo relleno de tortas típicas de Suiza, Austria o Baviera. Lo más fantástico es que apenas una docena de pasos separan un plato de mandioca y caburé de uno de knackwurst con sauerkraut y ensalada de papas y pepino; o una tortilla española de un juego de piezas de sushi.
El rojo, el verde, llenan los ojos, al extremo de que la bandera de Oberá tiene esos colores: fue por comodidad, porque si fuera blanca lo mismo estaría teñida de rojo. Todo se tiñe de rojo y a todo le crece, con los años, un verde, como a los edificios de ladrillo que llevan años sin ser barnizados. Hasta los cachetes de las pibas que vuelven del colegio se enrojan al sol. Pero como la bruma de la mañana, la melena de muchas obereñas resiste amarilla como el oro, ese de los tigres que ya no hay en el monte, entre un río y el otro. Ese amarillo misterioso que resiste en la noche y el pelo de esas gringas preciosas, y que espero descifrar algún día.

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