Gracias a Silvia, que me lo pasó.NC
Diálogo con el periodista François Granon, año 2001 (*
_¿Existir es aparecer en la radio o en la televisión?
_Actualmente,
nadie puede iniciar una acción sin el apoyo de los medios. Tan simple
como eso. El periodismo termina dominando toda la vida política,
científica o intelectual. Habría que crear instancias en las cuales
investigadores y periodistas se critiquen mutuamente y puedan trabajar
en conjunto. No obstante, los periodistas son una de las categorías más
susceptibles: se puede hablar de los curas, de los patrones e incluso de
los profesores, pero sobre los periodistas es imposible mencionar las
cosas que llegan a hacer...
_¡Es el momento de decirlo!
_Hay
una paradoja de base: es una profesión muy poderosa, compuesta por
individuos muy frágiles. Allí se produce una notable discordancia entre
el (considerable) poder colectivo y la fragilidad estatutaria de los
periodistas, que se encuentran en una posición de inferioridad tanto
respecto de los intelectuales como de los políticos. A nivel colectivo,
los periodistas arrasan. Desde el punto de vista individual, están en
constante peligro. Es un oficio muy duro -no por azar hay allí tanto
alcoholismo- y los jefecitos son terribles. No sólo se quiebran las
carreras periodísticas, sino también las conciencias, lamentablemente.
Los periodistas sufren mucho. Al mismo tiempo se vuelven peligrosos:
cuando un ámbito sufre, termina transfiriendo su dolor hacia afuera,
bajo la forma de violencia o menosprecio.
_¿Podría haber reformas en esa esfera?
_La
coyuntura es muy desfavorable. En el campo del periodismo hay
competencia furiosa, dentro de la cual la TV ejerce una coacción
terrible. Podrían ofrecerse cientos de índices, como la transferencia de
periodistas televisivos a la cabeza de órganos de prensa escrita. Es la
televisión la que define el juego: los temas de los que hay que hablar,
qué personas son importantes y cuáles no. Con todo, la televisión,
alienante para el resto del periodismo, está ella misma alienada, puesto
que vive muy particularmente sometida a las imposiciones directas del
mercado. (De manera general, si el sociólogo escribiera la décima parte
de lo que piensa cuando habla con los periodistas -por ejemplo, sobre la
fabricación de los programas-, éstos lo denunciarían por haber tomado
partido y por su falta de objetividad, por no hablar de su arrogancia
insoportable...). El que pierde dos puntos de rating se queda
afuera. Esta violencia que pesa sobre la televisión, contamina todo el
campo de los medios. Se transmite incluso a los espacios intelectuales,
científicos, artísticos, que estaban construidos con base en el
desprecio del dinero y a una indiferencia relativa a la consagración
masiva. ¿Se imaginan a Mallarmé esperando ser reconocido en las calles y
aplaudido en los meetings? Y sin embargo, esos pequeños universos, como
la literatura o las ciencias, en las cuales se podía vivir como un
desconocido y en la pobreza con la condición de ser estimado por algunos
y hacer cosas dignas de realizarse, están actualmente bajo amenaza.
_¿Cree que, en las condiciones actuales de competencia, los medios pueden escuchar sus razones?
_Sé
que puedo parecer un sabiondo que viene a predicar la moral en un
momento en que hay que salvarse como sea, y en que el patrón de
Libération (diario de gran circulación, vinculado al Partido Socialista)
se pregunta todas las mañanas si tendrá suficientes anunciantes para su
próximo número. Pero es precisamente esa crisis -y la violencia que
exacerba- la que lleva a ciertos periodistas a pensar que estos
sociólogos no están tan locos como parecían. Entre los periodistas, los
jóvenes y las mujeres son siempre los más afectados: me gustaría que
comprendieran un poco mejor por qué les pasa eso, y que no existió
necesariamente un error del jefecito -el cual, por su parte, no es
demasiado sagaz, y por eso se lo eligió-, sino que hay una estructura
que los oprime. Esta toma de conciencia puede ayudar a soportar la
violencia y a organizarse. Tiene la virtud de desdramatizar y
proporcionar instrumentos para una comprensión colectiva.
_Usted
describió los campos del arte y la ciencia como universos que poco a
poco van elaborando sus reglas. ¿Cómo puede ser que el periodismo no
haya podido encontrar las suyas?
_En
el universo científico, en efecto, hay mecanismos sociales que obligan a
los sabios a comportarse moralmente, sean ellos "morales" o no. Por
ejemplo, el biólogo que acepta dinero de un laboratorio para escribir
una publicación sin ningún valor... Hay una justicia inmanente. Aquel
que transgrede ciertos límites, pierde. Se autoexcluye, se desacredita.
Pero en el campo del periodismo, ¿cómo puede localizarse un sistema de
sanciones y recompensas? ¿Cómo se manifiesta la estima hacia el
periodista que cumple bien con su trabajo?
_Seguramente alguien lo acusará de querer un sistema dirigista, un comité central de los medios...
_Lo
sé. Pero es todo lo contrario. La autonomía que predico ensancha la
diferencia. Y es la dependencia, la que genera uniformidad. Si las tres
revistas francesas -L'Express, Le Point y Le Nouvel Observateur-
tienden a ser intercambiables, es porque están sometidas más o menos a
las mismas coacciones, a las mismas encuestas, a los mismos anunciantes
que los periodistas se pasan unos a otros, y a que se roban entre sí
temas o portadas. En realidad, si ganaran mayor autonomía respecto de
los anunciantes (y de su propio ranking, la cantidad de ejemplares
vendidos), y respecto de la televisión, que impone los temas
importantes, se diferenciarían enseguida. Para limitar los efectos
funestos de la competencia llegué a sugerir, por ejemplo, que los
diarios crearan instancias comunes, análogas a las que se conforman en
casos extremos -como en los raptos de niños, cuando todos se ponen de
acuerdo para hacer el blackout de la información. En estos casos
extremos, los medios dejan a un lado sus intereses competitivos para
salvar una suerte de ética común. Para otros temas que sólo se tratan
porque otros lo hacen, podríamos imaginar una especie de moratoria. En
el caso de los libros, el fenómeno es asombroso. Muchos periodistas
culturales están obligados a hablar de libros que desprecian únicamente
porque los demás los mencionaron, lo cual contribuye bastante al éxito
irresistible de libros lamentables...
_Frente a estos medios que le disgustan, usted parece adoptar una actitud criticable: la del desdén. ¿Por qué?
_Es
una actitud de repliegue, más bien. Pero no es mía exclusivamente. No
conozco a ningún sabio, artista ni escritor que no sufra en su relación
con los medios. Es un verdadero problema, porque los ciudadanos tienen
derecho a escuchar a los mejores. Sin embargo, los mecanismos de
invitación y de exclusión hacen que los telespectadores se encuentren
casi sistemáticamente privados de lo mejor.
(*) Pierre
Bourdieu, filósofo francés, murió el 23 de enero de 2002. Poco antes
sostuvo un diálogo con François Granon, del cual reproducimos un
fragmento que fue publicado originalmente en la revista Télérama.
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