miércoles, 27 de octubre de 2010

Chau, Néstor


Recuerdo la primera vez que voté, el 30 de marzo de 2003. La noche anterior me había emborrachado en una fiesta y voté a Adolfo Rodríguez Saá. Después de votar me tocó hacer un boca de urna para TEA, donde no llevaba más de un par de semanas como aprendiz de periodista. Me acompañó mi querido amigo Germán.
Juntos encarábamos a los votantes y nos íbamos sorprendiendo. "Menem", nos decían. "Carrió". "López Murphy". A diferencia del resultado nacional, mi humilde sondeo me daba un 50% por Menem.
Pocos meses antes había decidido no irme a España. Una noche, caminando por Buenos Aires, comprendí que no podía ser de ninguna parte más que de aquí, que no pertenecía a ningun otro pueblo, y que me quedaría en Argentina para hacer un país mejor.
Poco después de la asunción de Kirchner, para mi sorpresa, varias cosas empezaron a cambiar. Leía Página/12 y TXT antes de entrar a TEA. Sentía que había luz al final de ese tunel cuyo punto más oscuro recuerdo en la noche larga del 19 de diciembre de 2001, cuando ví la sangre de un hombre bajando por las escaleras del Congreso Nacional.
Y vino Fidel, y nos habló del Che Guevara. El imperialismo masacraba a un pueblo inocente para sacarle el petróleo y desde la casa de mi abuelo yo veía las bombas caer en la Bagdad de las Mil y una noches con lágrimas en los ojos. Pensaba en mis hermanos, en qué podía pasarnos a nosotros si un día las bombas apuntaban para acá.
Al año siguiente, por pedido de un profesor, estuve en la ESMA el día que Néstor hizo uno de los actos de justicia más grandes de su gestión y le entregó el centro de torturas más cruel de la dictadura a las Madres de nuestra democracia.
Me dí cuenta de qué lado estaba cuando vino el asesino serial más grande del mundo a nuestro país, y Néstor se le plantó diciéndole que no iban a imponernos a los pueblos americanos sus planes neoliberales recargados de miseria. ¿Se imagina el lector qué hubiera pasado a los pueblos latinoamericanos durante la crisis económica, si hubiéramos accedido mansos a los planes de Bush?
Tuve el honor de estar en Constitución cuando salió el tren del ALBA. Lo ví a Maradona, que había resucitado para llamar la atención a la gente de que había que oponerse a esas políticas. Le dí la mano a Evo Morales, a quien deseé mucha suerte en las elecciones que iban a consagrarlo el primer presidente indio de Bolivia. Todavía estaba en el tren Miguel Bonasso. Ví con bronca que Quebracho hiciera mierda Mar del Plata, pero la Feliz ya sanó, y quedó en su historia haber sido la tumba del peor plan económico que el imperio alguna vez planeó para nuestro continente.
Fui muy crítico del colectivo político que llamamos kirchnerismo. Pero con el tiempo me dí cuenta de que fue el único espacio que encontraron millones de militantes para llevar sus banderas, las de San Martín, Belgrano y Rosas, las de Martí y Bolívar, las de Perón y Eva Perón. Es decir, la idea de que Argentina puede ser un país justo, libre y soberano, un país grande en sí mismo, y no a la sombra de la tiranía extranjera.
Tardé algunos años en entender que todo no se puede y que la política no la hacen próceres de bronce, sino hombres y mujeres de carne y hueso, tanto hijos de putas sufridas como nenes de cuna de oro robado.
Y entendí que somos un pueblo, que nos equivocamos y que alcanzamos la gloria entre todos. Y entendí mi rol como comunicador, a favor de las ideas nacionales, a favor de la independencia y la dignidad del pueblo latinoamericano.