Entre el programa de archivo, el talk show mediático y
la militancia en la era Facebook, Diego Gvirtz inventó un nuevo formato.
Y desde el prime time del canal público, pelea la batalla por la
información al ritmo de "La mierda oficialista"
Cabito Massa Alcantara, la masa, el integrante más pesado del panel de
678, se desploma sobre su asiento, apoya sus brazos de 25 kilos
la unidad y suelta el llavero de su Peugeot sobre la mesa con forma de
búmeran del programa más visto por la minoría politizada de la
Argentina, unos quinientos mil espectadores. Van a hacerse las nueve de
la noche. Una maquilladora se acerca a toquetearle las bolsas de los
ojos, una productora le da un beso apurado en el moflete, un político
oficialista –el incombustible Negro Raimundi– le da la mano sin mirarlo a
la cara y, una vez que el programa arranca, siguiendo fielmente sus
expresiones desde atrás de las cámaras, pero a cinco metros,
anotándolas, vamos a ver todo lo que la cámara no; y es que Cabito
escucha, con parejo desinterés, baja la cabeza, con resignación, con
hartazgo, con hambre; mira de reojo, con melancolía y amor al pasado;
todo eso mientras, invisible a los ojos, inevitablemente, carbura
asociaciones cómicas de ideas que articulen con la agenda temática del
show. Tras cuarenta minutos de aire y de tensión íntima para ganarse el
sope con un disparate, mientras sus compañeros le pasan la lija a
Mauricio Macri después de un crudo informe enlatado, y cuando se asegura
estar en cuadro, puede al fin decir lo suyo: "Y... Macri se puede ir a
comer un asado a la India". Una línea que jarajajeó todo el ambiente,
lo jarajajeó mal, con ese automatismo cabaretero y universal de la tevé
Führer, compuesto de la condescendencia de sus compañeros de panel, la
inocencia de la tribuna y la descarga rentada y diabólica de la célula
de reidores de Pensado Para Televisión, la productora de Diego Gvirtz,
el cráneo detrás del programa que enloquece al Grupo Clarín, que
paraliza, literalmente, la redacción del diario –según nos informan
nuestros colegas desde allí, en directo por el gtalk– y que, por
consiguiente, excita como un chimpancé a Néstor Kirchner cuando redondea
un Ballantine’s en las rocas con el índice derecho después de cenar en
el quincho de Olivos; como les pasa a tantos, a tantos más, al menos a
cientos de miles de argentinos a los que Clarín hizo juntar odio durante
muchos años por acomodar los temas de la conversación pública a sus
intereses corporativos. El viernes de abril que estuvimos allí, en el
Estudio Uno de Canal 7, Cabito, la gran masa del pueblo, no dijo más,
cayó y calló. Con el final del programa inició su ceremonia de elevación
de la silla giratoria, enganchó el llavero del rodado en un dedo y
peregrinó, con sus tiempos, a la oficina de maquillaje para que le
retirasen con una toallita húmeda el polvo de maíz de los cachetes y el
antiojeras de lanolina. O sea, resumiendo, salió de su casa, manejó,
destruyó moléculas de oxígeno a lo pavote, para, al cabo de unas cuatro
horas –¡al cabito!– decir sólo una línea decorativa que ayudó a
aniquilar a un opositor por un tema sobre el que el panelista no tuvo
posibilidad de formar opinión. Así es la televisión y así es la libertad
de expresión: cualquier cosa, pero... cualquier cosa.
Así es un momento de 678. Elegido al azar. Al que se le puede
hundir el cuchillo y hacerlo sangrar. Porque visto de cerca,
compañeros, inspeccionado con una herramienta entrenada, un ojo hijo de
puta, todo en esta vida puede ser una monstruosidad. Por un
procedimiento así es que el periodismo es un oficio siniestro, porque al
mirar en detalle cómo se hacen las salchichas, los gabinetes de
ministros o los shows de televisión, el cronista se sorprende y dice:
"¡Eh, loco, las hacen con tripas!", clavando un nubarrón por encima del
objeto de estudio, llamémoslo de esa manera, y que al final no se
entienda nada. Al respecto, 678, nuestro caso, está hecho,
también, como se hacen las salchichas. Pero lo que cuenta en serio es el
efecto público de su intervención. Que es revolucionaria, por cuanto
hizo explotar un orden existente, el de la onda mafiosa entre
periodistas que daba por buena la objetividad de todos, machacando a
diario sobre el punto, de modo que ya nadie más pueda escuchar, leer,
mirar a Nelson Castro, por mencionar a un miembro paradigmático del
pacto denunciado, como si se tratara de un hombre sólo conectado con la
hermosura constitucional de la libertad de prensa y no con los intereses
políticos y económicos de la tira de empresas que le auspician el
programa de cable y lo hacen vivir muy bien, cuando todo el mundo vive
muy mal.
Desde el prime time de la televisión pública, a la hora de las
botineras, las tómbolas y la política recluida en el cable, 678
termina con un tabú de veinticinco años de democracia: que hablar en
contra de la prensa desde tribunas relevantes es antidemocrático,
cuando, lo más cierto de todo, es que la agenda de lo que se discute y
se vota en las elecciones resulta siempre deformada por la operación de
los medios de comunicación, a los que nadie elige para semejante maldad.
Este tabú, demolido para siempre, se asocia con un mito superior y al
que Kirchner sacude y sacude, aún con resultado incierto: que un
político electo por el pueblo no puede sostener un largo conflicto con
los factores de poder permanentes sin correr el riesgo de perderlo todo.
Un mito que, vale la pena decirlo, condicionó todas las presidencias de
esta era democrática. Al respecto, Kirchner resolvió que Clarín no
invadiría la presidencia de su esposa con demandas permanentes y
discontinuó, por las malas, el tira y afloja que vivió en su gestión,
que le resultó tolerable, es cierto, mientras ganaba elecciones.
Desde que viejos candidatos de los años 80 como el radical Juan Manuel
Casella y el peronista Carlos Grosso reformularon sus sistemas
masticatorios para sonreír sin complejos en los afiches, todos los
aspirantes a sillones importantes creyeron que la política requiere de
un ajuste final, de un tuneo realizado por maquilladores mediáticos,
sabios de la comunicación, genios de la semiología y el marketing que
ayuden a hackear con su chamanismo los medios aplastantes que amplifican
cada detalle. Excepto Kirchner, quien fue por los pilotes del sistema
desde el inicio mismo de su gestión, para abrazarse y que lo respalden o
para plantarle explosivos cuando pasaron a quererlo mal. Porque nunca
creyó que fuera una danza amable entre dos poderes y que hubiera algo,
llamado "periodismo puro", escindido de los negocios.
El dedo puesto en estas llagas partió, entonces, aguas en la Argentina.
Se construyeron grandes rivalidades y un clima de guerra civil
alucinante que se libra con micrófonos y móviles en vivo de un lado e
informes especiales del otro. Los informes son la especialidad de Diego
Gvirtz. Y Néstor y Cristina celebran cada noche, a las nueve, como
celebra ese medio millón de influyentes, de buena educación y posición
económica, que calienta la pantalla del Canal 7, condenado al Nacional B
de la cultura popular todos los años de la democracia y que ahora
estará en la vanguardia de la televisión digital, mientras crece su
pauta publicitaria. Apoyado por el Fútbol Para Todos, que hizo
reconsiderar al Canal 7 para la hora del zapping, las emisiones
nocturnas de 678 dan la chance a los ciudadanos argentinos de
ver cómo las pantallas mudas de TN, prendidas en los bares de Buenos
Aires, deforman la realidad durante la tarde. Si 678 no hiciera ese
trabajo de decodificación, nadie lo haría. 678 contribuyó, además, y
enormemente, a apoyar la lucha pública y judicial de las Abuelas de
Plaza de Mayo para que se esclarezcan las identidades de Marcela y
Felipe Noble Herrera, los hijos adoptivos de la dueña de Clarín,
Ernestina Herrera de Noble. Jóvenes que, para empezar a hablar, no
deberían llevar el apellido Noble, dado que el señor Roberto Noble murió
en 1971 y los hermanos nacieron de madres aún desconocidas en 1977
durante la dictadura militar, la dictadura especializada en robo de
niños.
El encono definitivo de Kirchner con Clarín y su decisión de convertir
la Ley de Servicios Audiovisuales en "la madre de todas las batallas"
surgieron de la idea de que por detrás, por abajo, por arriba y delante
de la Mesa de Enlace de las organizaciones rurales que se opusieron al
aumento en las retenciones de las exportaciones, la llamada "125",
frenada en el Congreso por el voto contrario a su gobierno del
vicepresidente Julio Cobos, se encontraba Clarín dándole a la matraca y
alentando la insurrección. Interviniendo, decidido, en una política
pública sin dar cuenta, de modo objetivo –tal su promesa–, de un
malestar. Durante ese conflicto con el campo, TVR, el barco insignia de
la productora de Gvirtz, que tenía asiento los sábados a la noche por el
mismísimo Canal 13, colaboró en el esmerilamiento del gobierno con
duros informes. Pero luego de perder en el Congreso, a poco de que
Kirchner empezara a rockear en serio contra el Grupo, Gvirtz empezó a
mover el piecito en sintonía. Lo mismo que le pasó a una gran cantidad
de argentinos que, en cuanto Kirchner se decidió a enviar la Ley de
Medios al Congreso, una ley que alivia el impacto antidemocrático de la
comunicación concentrada, y dispuso la Asignación Universal por Hijo,
que redujo notoriamente la población con necesidades básicas
insatisfechas, vieron que así, los malos modales institucionales y la
llamada crispación podían tolerarse mejor. Incluso, justificarse.
Un gobierno que parecía condenado a voceros de baja calidad como Diana
Conti y Carlos Kunkel, encontró en Gvirtz su superhéroe inesperado para
sistematizar esa batalla del bien contra el mal. La transferencia,
varias veces millonaria, de publicidad estatal a medios sin lectores del
empresario Sergio Szpolski –de la familia del quebrado Banco Patricios y
cerebro del fracasado intento de instalar Dunkin’ Donuts en Buenos
Aires–, como Veintitrés, Miradas al Sur, 7 Días, Newsweek y
el flamante diario Tiempo Argentino, no pudo lograr en siete
años de lubricación económica la construcción de un medio relevante que
expresara, si no la línea política oficial, al menos afinidad con sus
grandes vectores. Gvirtz lo hizo al costo de 24 mil pesos por emisión y
sin que se lo pidieran concretamente. Porque Kirchner no sabe
exactamente qué pedirle a una productora de contenidos. Es así.
Diego Gvirtz, de 45 años, tenía en su carpeta de cosas por hacer un show
consistente en la disección diaria de los medios y la forma en que
éstos empaquetan a los ciudadanos, valiéndose sinérgicamente del
ejército de visualizadores de televisión y lectores de diarios y
revistas de su productora que atendían sus dos programas más
reconocidos, TVR y Duro de domar; por intermedio de Sergio Massa,
aterrizó en Canal 7, en contra de los deseos de Tristán Bauer, el
mandamás del canal, que dio poco apoyo inicial e incluso vetó al
conductor propuesto por Gvirtz, el periodista de deportes conocido como
Chavo Fucks. El programa arrancó en 2009, entonces, con la conducción de
María Julia Oliván, una periodista criada en los feed lots
de Jorge Lanata. Sin embargo, la idea original se fue deformando a
medida que se calentaba el ambiente público y 678 combinó crecientemente
su espíritu periodístico y desmitificador con una reunión partidaria.
Para tal evolución, contribuyeron los panelistas que ponen poca
resistencia al sesgo oficialista de los informes, especialmente aquellos
que refieren muy críticamente a opositores como Pino Solanas; por eso
la escasa predisposición de personalidades no oficialistas a ser
invitadas, lo que condena al programa a la visita permanente de Daniel
Filmus, Claudio Morgado o el Negrito Raimundi. Al respecto, Gustavo
Noriega, antiguo panelista de Duro de domar, amigo con mandato cumplido
de Gvirtz, dice que "el kirchnerismo del programa no es sólo disimular
los horrores oficialistas, sino adoptar su espíritu y reducir toda la
complejidad de la política a una oposición binaria, un enfrentamiento
entre un «nosotros» y un «ellos» en el que el universo K se muestra del
lado de los buenos. Lejos de ser un programa crítico, en la mejor
tradición de su productora, puede leerse como un ejercicio
autocomplaciente al servicio de los intereses del canal donde se emite,
cosa que es, casualmente, la misma acusación que el programa le hace a
«los medios»".
En un sentido parecido pero pensando desde el interior del peronismo
kirchnerista y sin dejar de anotarle puntos muy positivos, Artemio
López, el sociólogo y encuestador con el blog más influyente de la
blogósfera política, Ramble Tamble, dice: "El análisis de medios
realizado por 678 es impecable, profundo, aleccionador y didáctico, pero
que el problema surge cuando el panel «da el salto a la política», y
sus monólogos se transforman en progresismo puro y duro, soberbio,
elitista y, también, bastante autista".
Aun cuando comentarios como éstos empezaron a llover desde distintas
fuentes –amigas, enemigas y grises–, 678 perseveró en su perfil
partidario al punto de dedicarse un himno llamado "La mierda
oficialista", un canto de amor a sí mismos, a su presente de lucha,
que reclama en ese exhibicionismo que los otros shows periodísticos
hagan lo mismo, que se saquen la careta y digan quiénes son. Este
énfasis fue el que finalmente incomodó a Oliván, que se declaró
"periodista y no militante" y que partió, entonces, a un mundo donde no
hay bandos, ni buenos ni malos, donde existen los periodistas. A
Fantasy.
Para el último 9 de abril, el show había logrado asentar su kirchnerismo
de tal manera que logró oxigenar la sangre militante de los empleados
de los ministerios públicos, quienes rompieron por segunda vez –ya lo
habían hecho en marzo también– sus lógicas dramáticas de volver a casa a
mirar la tele y se movilizaron convocados por el
Facebook de 678 al Obelisco, en apoyo a la Ley de
Medios. Lo que despertó en el estudio, delante y detrás de cámaras, a
cinco metros del casual Luciano Galende y equipo, un vuelco emocional
abrumador en los panelistas que podría haber hecho menstruar a todas las
chicas presentes en la tribuna. Orlando Barone filosofó sobre "la
alegría" que despierta "la militancia" y Carlos Barragán, autor de "La
mierda oficialista",dijo conmocionado que se recibió de ciudadano cuando
aceptó el trabajo en 678. Cabito, para las diez de la noche,
miraba de reojo tales manifestaciones mientras cocinaba un chiste,
desde su punta simbólica del panel, donde se representa o sintetiza a la
gente normal, punta en la que también habita Carla Czudnowsky, que
puede ser la gente sin ideas políticas, o las mil variantes de la triste
indiferencia humana. Es que antes de ser la mierda oficialista,
Czudnowsky, Cabito y la misma Oliván habían sido, simplemente, boludos
felices.
En la otra punta, sin embargo, algo peor: Orlando Barone. Un patriarca
de los pájaros de 72 años entregados al oficio del periodismo en medios
siempre conservadores como la revista Mercado o los diarios La Nación y
Clarín, bajo todos los regímenes políticos y militares que tuvo la
Argentina y, siempre, sin chistar. A la vejez, viruela: el patriarca se
volvió un interpretador de todas las intenciones humanas, con una ironía
permanente que fracasa en su intento de hacer reír a sus compañeros, a
la tribuna y a los reidores. Cruelmente, es el encargado de hacer
pensar. A la vuelta de cada informe pide enseguida la palabra para
surfear sobre sus dos previsibles olas gramaticales: la que arranca con
"sabés qué pienso" y la más emotiva, "yo siento que"; desde las que
descarga baldes de bleque sobre colegas de otros medios que reúnen, al
momento, menos agachadas que él. Porque en todos los años en que el
mundo fue injusto –el mundo es injusto todos los años–, Barone calló o
eludió o tapó, con los diarios y revistas que escribió y editó, la
injusticia. De grande, a la edad de las escapadas a Necochea, en fin,
asume un presente de lucha con el que cree espantar los pájaros del
pasado. Lo cierto es que la Argentina se desgració, fundamentalmente,
durante toda la vida adulta de Barone. Por él es por quien Cabito baja
la cabeza.
La otra interpretadora del show, encargada de hacer pensar, del famoso
"plus" del que tanto se habla, es Sandra Russo, una veterana fuertona
dada a la semiología, como una periodista y algo más, que cumple muy
bien el trámite televisivo ideal, por cuanto no habla por hablar, ni
pisa a sus compañeros, y escucha, y piensa, y luego, recién, dice, una
secuencia que Barone y Czudnowsky no pueden seguir, empujados por
fuerzas sobrenaturales a hablar hasta la hiperventilación. Russo,
largamente asociada al periodismo más comprometido con la verdad y la
justicia, fue la madre del suplemento Las 12, que sale en Página/12, y que fue el primer
producto periodístico de género que no tomó a las mujeres como boludas
que necesitan consejos o cosas. Antes de hacerlo, sin embargo, fue
editora de la revista Luna, de editorial Perfil, cuyo drama
semanal era esperar los containers de China con los regalitos que
acompañaban la revista. Una vida que tampoco resulta unidimensional y
hace más interesante su consistencia política.
Una enorme verdad de la política prescribe que la preocupación número
uno del líder debe ser la conservación del poder. Llegado el caso, con
poder, puede querer ir a la guerra o ir a la Luna. Pero sin poder no va a
pasar nada. En países como la Argentina, la pérdida del poder puede
conducir, además, a la cárcel. Ni el ex presidente ni nadie que se
dedique a algo que le gusta mucho se quiere retirar y, mucho menos, ir
preso. Por ello, mientras Kirchner mantenga una única y gran pulseada
con el Grupo Clarín no estará teniendo ni la única ni una gran pulseada
con otro político que quiera competir por la presidencia en 2011, todo
lo cual lo ayuda a conservar la manija. Esta es una gran verdad de esta
realidad a la que 678 suma sus bombas de profundidad, y es el
gran mérito del diputado, ex presidente y candidato al 2011 por el
movimiento que lleva su nombre, el kirchnerismo, quien construye, desde
su derrota electoral del 28 de junio de 2009, una escena en la que sólo
existen él y ella –su señora y presidenta–, el Grupo Clarín, y quienes
les hacen los coros a ambos, allá atrás, meciéndose junto a la máquina
de humo. La oposición política, que podrían ser los herederos, en este
contexto, se desdibuja y anula.
Para que el plan resulte del todo, Kirchner requirió de la enorme
vanidad de la prensa y su tendencia, también evidenciada en 678,
a la autorreferencia. Cuando Kirchner descubrió que mencionar a Clarín
en cada acto lo dejaba en el escenario público con una empresa que no se
presenta a elecciones, sólo insiste con eso, porque la empresa y sus
empleados no dejan de cacarear. Y rompe, Kirchner, si hace falta, toda
la camaradería subterránea del poder. Invitado a 678 en el
verano, contó que durante el conflicto con las organizaciones rurales,
Héctor Magnetto, principal directivo de Clarín, le ofreció clemencia si
el estado facilitaba el ingreso de su empresa a Telecom. La versión de
Magnetto sobre la reunión, por supuesto, no se conoce. Por una sola
razón: porque Clarín no puede admitir que su vínculo con el poder excede
largamente el rol periodístico puro y liberal del que tanto se jactan.
Kirchner, además, ¡una cosa más!, devuelve gentilezas. Que es una de las
maneras de no ser la señorita del pabellón y conservar el poder. Si los
medios de comunicación no lo van a dejar dormir, él no los va a dejar
dormir a ellos.
Por Esteban Schmidt
estuviste en mi programa favorito? yo fui a 6,7,8 a presenciar el programa y me parecio barbaro, porl o demas lo miro siempre no dejo de verlo porque me entero de todo y de todas las mentiras y agachadas de nuestra clase politica opositora que realmente da asco. ahora empezo victor hugo ,tambien me gusta, pero 6,7,8 es mas ,ademas estamos organizados y nos desplazamos y participamos en defensa de cristina y nestor, es un programa que te guste o no quedara en la historia porque somos muchos los que necesitabamos un programa que pensara como nosotros y aparecio !!
ResponderSuprimirEl autor de esta nota que salio en Rolling Stone es Esteban Schmidt, autor de The Palermo Manifesto, un poco cínico para mi gusto a la hora de deconstruir un conflicto de intereses liso y llano. Como si a uno no pudiera parecerle bien la existencia de 678.
ResponderSuprimirA Schmidt se le plantea un problema con el programa, al que él le hace lecturas subjetivas que considera mejores que las que posiblemente haga la audiencia.
El problema no es que exista 678; el problema es que no haya un 678 por cada canal. El problema es que el único productor que se juega a tocar rock en el carnillón es Gvirtz.
Por demás, si alguien necesitó un programa de TV para organizarse y defender un modelo político que es mejor que cualquiera de sus alternativas, tenía miedo a decir lo que pensaba o estaba muy mal informado.
Yo sigo pensando que 678 Facebook no reemplaza a los partidos políticos, y su virtualidad lo hará desaparecer tan rápido como apareció si no se aprovecha el calorcito del momento en reunir a la gente que lo sigue por fuera del fenómeno puntual televisivo, que es circunstancial y no va a seguir para siempre.
O sea, la próxima vez que se junten los 678, formen un partido político. Y empiecen a pensar por fuera de los informes; militen primero y vean el programa después.
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ResponderSuprimir