viernes, 4 de junio de 2010

Se caen los telones

El mundo de miserias en el que me había acostumbrado a vivir está cambiando. La luz que nos alcanzaba a pocos hace unos años hoy enceguece a muchos, que no entienden todavía la magnitud de los cambios que llegan. Finalmente se está abriendo una etapa que empezó hace muchísimos años. Prefiero no dar fechas, ni nombres, ni sucesos.
Los telones del miedo eran gruesos, inpenetrables e infinitos. No podía pasar la luz, ni se podía ver a través de él.  Apenas un viejo agujero abierto por alguien que luchó antes que nosotros llegáramos al perverso terciopelo de mentiras alcanzaba para asomar un milímetro de pupila y ver la luz que había afuera, sospechar las formas de los colores e imaginar cómo sería aquel país que no mirábamos porque no podíamos, aquel país lindo, justo, libre.
Un día nos inquietamos tanto que entre nosotros hicimos una torre, y con la torre tratamos de alcanzar la bóveda de la que pendía ese telón. Algunos tratábamos de alcanzar el cielo, más oscuro que el suelo. Allá abajo otros usaban secretos filos escondidos en la piel para razgar un telón que cada día parecía más grueso y duro como la piel de un chancho de monte que inspira temor en los niños.
Y desde arriba algunos saltamos. Desde lo alto de esa torre que habíamos hecho con nuestros cuerpos, que sosteníamos con nuestra esperanza, saltamos.
¿Por qué no íbamos a saltar, si el techo no estaba ni cerca y el suelo seguro era negro? Quizás la caída se llevaba con nosotros algo más que no podíamos ver en lo oscuro. Quizás algo más llenara el espacio entre nosotros. Quizás eso fuera débil.
Empezamos a saltar, primero de a poco. Teníamos que saltar, para saber si el final de la caída se volvía a empezar o si dejaba algo en nosotros.
Lo más excitante no fue saltar, sino darnos cuenta que en la caída podíamos colgarnos del telón. El primer razguido de tela fue como un trueno después de la sequía. Los que habíamos levantado un castillo en compañía empezamos a saltar y a colgarnos como monos. Teníamos que romper la cárcel de oscuridad que nos impedía ver la luz y sus verdades. Había que cortar las garantías de la incertidumbre reinante.
Los razguidos fueron cada vez más fuertes, y sus desgarros más definitivos. Finalmente encontramos que mucho más arriba, allá en el cielo, estaban las roldanas de las que colgaba nuestra cárcel. Los soportes y mecanismos cayeron también. Todo se cayó y nadie se calló. Las vivas a la vida coronaron la enseñanza que hoy nos queda: siempre hay luz si se está dispuesto a buscarla hasta en la locura que nos gobierna.
Cuando el resplandor de la luz pasó y pudimos abrir los ojos bien grandes, encontramos con la vista el horizonte. Ahora hay que caminar y encontrar ese futuro que nos estuvo esperando en vano.
No hay tiempo que perder.

1 comentarios:

  1. Excelente compañero, pero le digo que la decisión de saltar o no es la más complicada.

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