Teodoro Boot me envía por mail este fantástico texto sobre la ley de matrimonio entre personas del mismo género y la ridiculez del argumento en su contra que dice que "lo natural" es papá y mamá, y no otra cosa.
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Durante una
punta de años se pensó, y algunos entusiastas todavía se esperanzan en que la
vida del hombre tiene otro propósito que el de terminar de destruir el planeta
de una vez por todas. Esta ingenua creencia contenía un equívoco, el de la
evolución, según el cual uno –como especie y como tipo– se volvía cada vez
mejor, hasta el utópico día en que todos quedaríamos convertidos en prolijos y
flemáticos caballeros británicos, que viene a ser el punto máximo de la
evolución de todo ser vivo, excepto para la Astirolochia grandiflora, que teniendo la más larga
del mundo no necesita de ninguna otra cosa para concebirse en la cúspide la
evolución.
Pero
tratándose de un vegetal, su opinión no nos va ni nos viene.
De Frazer,
Darwin, Mongo Park, Stanley, Livingstone a Indiana Jones nada hay que indique
que nos hayamos vuelto mejores, ni peores, sino apenas adaptados a las nuevas
condiciones y complicaciones que nos hemos creado a fin de adaptarnos a las
condiciones y complicaciones que antes nos habíamos creado para adaptarnos a
las condiciones y complicaciones que…. y así, sucesivamente, hasta remontarnos
a una pequeña banda de cazadores‑recolectores de la sabana africana, cuando el
mundo era más que ancho, inmenso. Y ajeno. Y seguramente mejor. Pero éramos
menos, a diferencia de los elefantes, que eran más.
¿Qué
diferencias hay entre los elefantes y nosotros?
Fuera de
las que saltan a la vista, podría decirse que la principal consiste en que
mientras nuestra especie se adapta al ambiente por medio de la cultura, los
elefantes, por ejemplo, lo hacen a través de los cambios anatómicos. En tanto
éstos demandan milenios, los paquidermos resultan menos aptos para sobrevivir
ante cambios súbitos, que los ha habido desde el principio de los tiempos,
aunque mucho más en los últimos gracias a la denodada obsesión del Homo sapiens por sobrevivir y procrearse
a costa de lo que sea.
Se nos dirá
que todas las especies poseen similar instinto de sobrevivencia y procreación.
Es verdad, pero carecen de la capacidad de adaptarse culturalmente: he ahí su
desventaja y la circunstancia de que su expansión se encuentre determinada por
la competencia por los alimentos y ninguna, con excepción del Homo sapiens,
se haya procreado tanto que pueda llegar a representar una amenaza para la vida
planetaria.
¿Pero de
dónde surge esta capacidad de adaptarse mediante la cultura, que tan dúctiles
nos ha hecho y a la postre nos volvió tan numerosos como peligrosos?
Todo induce
a sospechar que del intercambio, de la capacidad de coexistir en grupos
numerosos canjeando bienes y favores.
Se trataba
de bienes muy elementales, como una fruta, una raíz, una sabrosa isoca, un
manojo de termitas, siendo así de elementales los favores: quitarse mutuamente
los piojos, por ejemplo, sin olvidar que constituyen una valiosa fuente
proteínica.
Hasta ahí,
nada habría que pudiera diferenciarnos de cualquiera de los otros primates
cuyos hábitos y gustos alguna vez compartimos, de no ser por la extraordinaria
versatilidad sexual que la ausencia de períodos de celo proporciona a la hembra
humana, peculiaridad sólo compartida por las hembras de la especie Pan pamiscus, más conocida como
chimpancé enano o bonobo.
El Pan pamiscus es un pequeño y amable
primate –u homínido según algunos científicos– que habita, hasta que acabemos
con ellos, una reducida región del África Central. Su nombre, bonobo, parece
provenir de un término bantú que significa ancestro, lo que, dicho sea de paso,
hace pensar en la de los bantúes como una cultura bastante perspicaz. En
efecto, los Pan pamiscus comparten el
98 % del ADN con el Homo sapiens, con
quien se encuentran biológicamente tan emparentados como con el Pan troglodytes, que viene a ser el
nombre elegante del chimpancé común y de quien se separó hace aproximadamente
un millón de años.
Sin
embargo, a simple vista nada indicaría que el Pan pamiscus fuera tan
cercano al Homo sapiens, ya que tiene
más pinta de mono que de cualquier otra cosa: si bien suele marchar erguido,
tiene cuatro manos, cara de mono, pelo de mono, se rasca como mono, huele como
mono, sonríe como mono, se balancea de los árboles como mono… pero no fornica
como mono. Ni siquiera como chimpancé.
Verán, las
bandas de machos chimpancé comunes y silvestres suelen merodear por las selvas
como barrabravas alcoholizados atacando a cuanto macho solitario encuentren que
no pertenezca a su grupo. Se entiende: sus hembras presentan breves períodos de
celo bien definido durante los cuales –únicamente durante los cuales– tienen
trato sexual con los machos del grupo por riguroso orden de prelación: primero
hace uso el macho alpha, seguido de los machos beta que se colocan ordenadamente
en fila de acuerdo a su jerarquía. El resultado es tan poco estimulante como el
de una burocrática violación en grupo en una película porno de tercera
categoría filmada bajo supervisión del arzobispado de Buenos Aires.
En cambio,
privados de la tiranía del celo y siempre bien dispuestos, los bonobos han
transformado a la actividad sexual en el eje de su convivencia grupal, que es,
en consecuencia, pacífica, y mucho más amable y excitante que la de los agrios Pan troglodytes.
Si
exceptuamos a los Homo sapiens, los
bonobos son los únicos animales que sostienen contactos genitales cara a cara
–preferentemente entre hembras–, cópulas macho‑hembra en diversas posturas,
besos franceses, sexo oral y frotaciones entre machos al estilo Gore Vidal, aunque
no en los baños públicos sino colgados de las ramas de los árboles, haciendo de
esta forma las paces luego de una trifulca. También ocurre que mediante una
febril actividad sexual colectiva, los bonobos manifiestan su contento ante
determinado suceso, como el hallazgo de una nueva fuente alimenticia, o alivian
el estrés acumulado en situaciones de riesgo o escasez. Este notable comportamiento
les permite alimentarse sin conflictos de la misma manera que la práctica
habitual del tribadismo fortalece la estructura matriarcal de la sociedad
bonobo.
La
observación de los hábitos de esta especie ha permitido a numerosos
antropólogos recrear los primeros pasos de la nuestra, pues entre ambas las
semejanzas van más allá de lo aparente: por ejemplo, no obstante el intercambio
de favores sexuales entre los bonobos es tan febril como indiscriminado, sin
respetar género, edad, estado civil, filiación política o religiosa, nuestros
simpáticos pseudocongéneres se abstienen del trasiego sexual entre los machos
adultos y sus madres, peculiaridad que da cuenta de una suerte de tabú del
incesto.
Viene a
cuento recordar que dicho tabú ha sido el instrumento cultural que, evitando la endogamia, permitió a
nuestros auténticos ancestros ampliar sus vínculos parentales, estableciendo
así lazos de sangre entre diferentes grupos de cazadores‑recolectores que les
permitían defenderse con ayuda de otros grupos de las incursiones de bandas rivales
o compartir las zonas de caza en épocas de escasez.
Ocurre también que las hembras adolescentes, siguiendo a algún galán, o
galana, abandonan sus grupos de origen para unirse a otros, saludable hábito
que permite la mezcla genética, librando así a los bonobos de las taras y
enfermedades propias de la pureza racial.
Probablemente, si nos abstuviéramos de extinguirlos, los bonobos
marcharían en un camino análogo al
recorrido por los sapiens. Análogo,
aunque no igual, pero al menos, es seguro de que partirían del mismo sitio.
Todo induce a pensar –y así lo piensan numerosos antropólogos– que en la
versatilidad sexual de la hembra humana se sostuvo la coexistencia de numerosos
individuos de distinto género dentro de un mismo grupo, sin violentos y exclusivistas
machos dominantes, así como el primitivo intercambio de bienes y favores,
primer paso en la creación cultural. Un par de mutaciones mediante –bastó con
el alargamiento de la laringe y la modificación del dedo pulgar– y ya estamos
en el desarrollo del lenguaje, la creación de herramientas, la elaboración de
una sofisticada tecnología lítica, la domesticación de animales y vegetales, la
vida sedentaria, el agotamiento de los recursos, el desarrollo de las
sociedades estatales y, en consecuencia, el de las religiones organizadas, que
sostendrán que Dios nos hizo a imagen y semejanza Suya y no de los bonobos, de
lo que, lamentablemente, carecían y siguen careciendo de prueba alguna.
Hace unos días, la más desorganizada de las religiones organizadas convocó
a sus acólitos al Congreso para manifestarse en contra de una modificación al
código civil que permitiría el matrimonio entre personas del mismo sexo. O más
bien género, en tanto el mismo sexo podrían tenerlo dos personas sólo en el
caso de ser siameses.
Motiva la cerrada oposición la creencia en que semejantes nupcias no
serían “naturales”, mientras sí lo serían las de personas de distinto género.
Sin embargo, como nos sugiere la lógica más elemental, al tratarse de un
contrato civil entre partes, un matrimonio puede ser cualquier cosa menos
“natural”. Y luego –nos permiten observar in
situ los Pan pamiscus– que si más
que de casarse, de copular se trata, lo verdaderamente “natural” sería hacerlo
con cualquiera que nos saque los piojos o nos convide con un apetitoso cacho de
sandía.
Es verdad y lejos estamos de negarlo, que el auténtico matrimonio, la
verdadera unión es la que se celebra ante Dios, preferentemente mediante la
intercesión de alguno de sus ministros, por lo que seríamos los primeros en oponernos
al menor intento parlamentario de legislar en materia teológica o de liturgia
religiosa, pero no siendo ese el caso, resulta difícil comprender qué pito
tocan los ministros del Señor en un asunto menor, que les atañe tanto como una
modificación a las ordenanzas de tránsito.
Tal vez no esté demás tranquilizar a los incautos aclarando que los
códigos no prescriben sino que a lo sumo permiten o, en todo caso, no prohíben.
En otras palabras, que no mandan, que así como el divorcio y escalar el
Aconcagua están permitidos pero no son de cumplimiento obligatorio, tampoco lo
es el matrimonio, de la clase que sea.
Hay gentes que quieren casarse, y no con usted, sino con quién se les
antoja, o con quién aman o con quién creen o fingen amar. ¿Qué hay de malo en
ello? ¿Que uno se llame Juan y el otro Pedro, o Nelly y Rosita?
Que hagan su experiencia, como la hemos hecho tantos.
Ya aprenderán.

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